RECONSTRUIR EL PACTO EDUCATIVO. La salud mental en la educación, un reto compartido
Sílvia Pons Martínez i Laura Gregori Borrell
Escola Pia Terrassa i Escola Pia Balaguer (Catalunya)
En un mundo cada vez más acelerado, marcado por la tecnología y la competencia constante, la salud mental de nuestros niños y jóvenes se ve gravemente afectada. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el número de niños que padecen trastornos mentales ha aumentado considerablemente en los últimos años, especialmente después de la pandemia COVID-19.
Esta realidad se manifiesta en las aulas: alumnos con la cabeza gacha, adolescentes que estallan a llorar por la presión académica o familias que explican que sus hijos no duermen por la ansiedad. Sabemos que estamos ante un reto que va mucho más allá de los libros de texto. La salud mental no es ya un tema periférico, es un desafío central del sistema educativo.
La OMS estima que la mitad de los trastornos mentales comienzan antes de los 14 años, y un 75% antes de los 18 años, lo que pone de manifiesto la importancia de actuar desde el principio para promover el bienestar emocional. La pregunta es clara: ¿cómo puede la educación preparar a los niños y jóvenes para afrontar la vida con resiliencia, a la vez que se atiende a su salud mental? Esta responsabilidad interpela a escuelas, familias e instituciones, requiriendo un enfoque colaborativo.
Los centros educativos están en primera línea de esta crisis. Hay señales de alerta cuando vemos cómo nuestros niños y jóvenes se mueven en un equilibrio precario entre la presión académica, las expectativas sociales y sus propias emociones. El reto no es sólo identificar estas situaciones, sino transformar el sistema educativo en un espacio de crecimiento integral. La educación debe ir más allá de los conocimientos académicos e incluir el desarrollo emocional y social de los estudiantes.
Uno de los factores que más impacta en la salud mental de los jóvenes es el estrés académico. La presión por alcanzar resultados, combinada con expectativas familiares y sociales, genera ansiedad y desmotivación. Además, la pandemia y la exposición masiva a las nuevas tecnologías han intensificado su desconexión emocional. Muchos niños no tienen espacios para construir vínculos significativos ni adultos de referencia con los que compartir sus inquietudes.
Este problema afecta también a las familias y al personal docente. Las desigualdades socioeconómicas y las dinámicas familiares complejas incrementan la vulnerabilidad emocional. Paralelamente, muchos docentes se encuentran desbordados ante situaciones para las que no siempre tienen los recursos ni la formación adecuada para hacerle frente.
Ante esta realidad, es imprescindible un nuevo pacto educativo que priorice el bienestar emocional. Esto implica formar a los docentes en competencias socioemocionales para identificar señales de alerta, crear ambientes inclusivos y ofrecer apoyo en colaboración con familias y profesionales especializados. No se trata de que los maestros se conviertan en terapeutas, sino que adquieran herramientas para fomentar la cohesión emocional en las aulas.
Es crucial introducir programas de salud emocional en el currículum escolar. Actividades como la respiración consciente, juegos colaborativos o espacios de reflexión emocional pueden ayudar a los alumnos a mejorar sus emociones y conflictos. Este enfoque beneficia no sólo al alumnado, sino que también contribuye a una escuela más cohesionada y resiliente.
Reforzar los vínculos entre familia y escuela es igualmente esencial. El bienestar emocional no puede ser responsabilidad exclusiva de uno de ambos agentes. Una comunicación fluida y una estrecha colaboración pueden garantizar un acompañamiento integral y coherente. El entorno escolar debe convertirse en un espacio seguro, donde los niños se sientan respetados y valorados.
Finalmente, es necesario trabajar para eliminar el estigma asociado a la salud mental. Normalizar las conversaciones sobre este tema dentro y fuera del aula permite una detección precoz y fomenta una mayor empatía en la comunidad educativa. Las artes, el juego y otras formas de expresión creativa pueden ser grandes aliados en ese proceso.
Ninguna de estas medidas tendrá un impacto real sin un compromiso institucional firme. Las políticas públicas deben priorizar la salud mental, destinando los recursos necesarios a profesionales especializados y garantizando la igualdad de acceso a los programas de apoyo emocional.
Éste es, sin duda, un desafío que nos interpela como sociedad. Transformar el sistema educativo para poner el bienestar emocional en el centro no es sólo una necesidad, es una oportunidad para rediseñar la educación como un espacio en el que cada alumno pueda desarrollar su potencial académico, emocional y social. Éste es el compromiso que el futuro nos exige.
| Laura Gregori Borrell. Maestra de Educación Primaria con Mención en Atención a la Diversidad por la Universidad de Barcelona. Actualmente ejerce como directora de la Escola Pia de Balaguer, liderando un proyecto centrado en el acompañamiento integral del alumnado y la promoción de una educación inclusiva y de calidad. | ||
| Silvia Pons Martinez. Maestra de Educación Infantil y licenciada en Psicopedagogía por la Universidad Autónoma de Barcelona. Actualmente ejerce en el Equipo psicopedagógico de la Escola Pia de Terrassa acompañando a alumnado, docentes y familias. |