Por Jordi Vilà. Escola Pia de Catalunya

Hay una expresión que ha hecho fortuna en algunos entornos escolares que defienden la innovación educativa: “La escuela es una institución del siglo XIX donde profesorado del siglo XX educa al alumnado del siglo XXI”. No estoy seguro de que sea totalmente acertada, pero, personalmente, me impulsa a pensar como formamos a nuestro alumnado -núcleo y sentido de nuestra actividad-. Y, especialmente, me lleva a reflexionar en cómo lo preparamos para afrontar los retos que le propone la sociedad actual.

La primera pregunta que me hago a menudo es: ¿Qué competencias debe tener alguien que finalice su etapa escolar en una de nuestras escuelas? Nuestras sociedades se transforman a una gran velocidad. La tecnología evoluciona de manera que parece que no seamos capaces de alcanzarla y, mucho menos ser punteros. Los conocimientos se actualizan a cada momento y hace falta estar formándote durante toda la vida. ¿Y qué decir de la información disponible en las redes? Aumenta de forma exponencial, de manera que somos incapaces de tener todo el cocimiento que se genera. El sueño enciclopédico de la ilustración de poseer todo el saber se hace imposible hoy. Ante estas realidades, la única manera de formar a nuestro alumnado es hacerlo a través de actitudes y habilidades. Así pues, debemos conseguir que los y las jóvenes que salen de nuestras escuelas sean competentes.

¿Cómo trabajar las competencias con nuestro alumnado? Trabajar competencias debe ir de la mano de la reflexión pedagógica. O sea, es necesario profundizar en temas como el currículum educativo, la evaluación, el trabajo cooperativo, los proyectos de investigación, o tantos otros. Esta pedagogía depende especialmente del profesorado de nuestras escuelas, de su formación, y de su capacidad de reflexión para adaptarse a nuevas formas de trabajar con el alumnado. También depende de las direcciones pedagógicas; de cómo organizan la escuela: de como se puede hacer una arquitectura educativa que permita la coeducación, los círculos de aprendizaje, u otras estrategias que permitan a los docentes innovar pedagógicamente.

Esta expresión parece un mantra que los educadores de esta época repetimos continuamente. Pero, en realidad, ¿qué es la innovación pedagógica? O mejor; ¿qué no es la innovación pedagógica? Innovación no es un salón de clase nuevo y con grandes cristaleras.

Si cambiamos el envoltorio, pero el caramelo continua siendo el mismo, no hay autentica transformación. Si trabajamos con computadoras, pero sólo tenemos los libros en formato pdf escaneados, no hay transformación. Si tenemos materiales especiales (carísimos, por cierto) pero no usamos las posibilidades de nuestro entorno, estamos desaprovechando recursos.

En cambio, si es innovación educativa un profesorado mejor preparado y convencido de una transformación imprescindible. Es importante que se trabaje en equipos docentes que se apoyen entre ellos. Propuestas de contenidos que sean retos compartidos por el profesorado y el alumnado. Vamos a aprender juntos: el docente se convierte en investigador.

Es fundamental que el aprendizaje sea significativo y aproveche todos los recursos de cada entorno educativo. Como hemos comentado, la información que tenemos a disposición es inmensa y la evolución del conocimiento es constante y progresa de manera exponencial. Por tanto, debemos trabajar pensado que saber hacer es mejor que saber. El conocimiento genera conocimiento: tenemos a nuestro alcance investigadores de universidades y de empresas dispuestos a cooperar con nuestro alumnado. Esto es aprender a aprender y, desde aquí, podemos preparar la formación para toda la vida.

Hace falta es que nuestro alumnado sea curioso, la curiosidad es fuente de aprendizaje, así como tener criterios éticos bien fundamentados. Nuestro alumnado debe ser crítico, lo que es fuente para seguir progresando.

Creo fundamental el tema del currículo educativo. Debemos plantearnos la posibilidad de añadir materias como el emprendimiento social al mismo. Nos damos cuenta que entrar en el mercado laboral cada día es más difícil y que ser emprendedor es una salida para generar nuevos empleos. Si además estos emprendimientos revierten positivamente en la sociedad, ¿no estamos contribuyendo a la transformación social que movilizó a Calasanz?

Las escuelas deben ser incubadoras de talento, lugares para leer la sociedad. A menudo me pregunto: ¿Cuál fue la escuela que preparó a los youtubers que hoy en día son creadores de contenido audiovisual? Preparar para los nuevos puestos de trabajo que se crean es clave para ser innovador. Es imprescindible que nuestras escuelas salgan de sus cuatro paredes para poder leer la sociedad, así como es imprescindible que abran las puertas para dejar entrar la realidad social a las aulas.

Otro reto de la innovación es el generar nuevas habilidades, como por ejemplo el ser capaz de leer la imagen. En el mundo actual donde las imágenes están en todas partes, es fantástico tener la posibilidad de trabajar en proyectos de narrativa audiovisual. Recomiendo conocer el proyecto de Cinebase del ESCAC en Catalunya (https://cinebase.escac.es/).

Otro reto de la innovación es la mejora de la creatividad y apostar por materias como las artes plásticas, que dan la posibilidad de soñar y construir nuevas realidades, o la música, como creadora del único lenguaje universal, que permite la comunicación sin necesidad de idioma. Por no hablar de la importancia de la educación física, en la que aprendes a cuidar el cuerpo que te permite estar en contacto con la realidad (con la creación). Profundizar y dar valor a estas materias es innovación porque generan competencias muy necesarias para nuestros jóvenes.

No quiero terminar este artículo sin la innovación que me parece clave para todo nuestro alumnado: el trabajo de la dimensión interior, la dimensión emocional y la dimensión social. O lo que es lo mismo, dar herramientas a cada persona para conocerse a sí misma, para profundizar en cómo siente y saberse regular. Es imprescindible cuidarse por dentro y saber tener unas relaciones sanas. Tener bienestar para transmitir bienestar y generar bienestar en todo su entorno, ya sea entre la familia, los amigos o los compañeros. Trabajar para que nuestro alumnado tenga equilibrio interior. Sepa poner nombre a lo que siente, ya lo que pasa en su corazón. Saber relacionarse adecuadamente con los demás.

Innovación educativa: sin duda y constante.

Debemos tener todos los sentidos preparados, para ser realmente escuelas innovadoras: ojos abiertos, orejas en escucha, tacto en las relaciones, gusto para hacer bien el trabajo y olfato para intuir donde está la oportunidad.

Creo que este es el reto de la innovación.