Los pobres nos evangelizan, anuncian que la vida plena está en vivir el espíritu de las bienaventuranzas. «Ellos reclaman nuestro compromiso y nos dan testimonio de fe, paciencia en el sufrimiento y constante lucha para seguir viviendo. ¡Cuántas veces los pobres y los que sufren realmente nos evangelizan!» (CELAM, Documento conclusivo de Aparecida. Bogotá, Año, n. 257).

Los pobres del evangelio son verdaderos maestros de sabiduría; al menos esta es la experiencia de muchos educadores que han descubierto en ellos una fuente inagotable de sabiduría. Fue la convicción de Lorenzo Milani en su experiencia educativa con los pobres: «Debo todo lo que sé a los jóvenes obreros y labradores a quienes he dado escuela. Lo que ellos pensaban que estaban aprendiendo de mí, he sido yo quien he aprendido de ellos. Les he enseñado a expresarse, mientras que ellos me han enseñado a vivir» (L. MILANI, Escritos pastorales. Madrid, BAC, 2004, p. 168).

Para Milani, la verdadera educación está hecha de relaciones con la vida, con la naturaleza y con los demás. No hay una relación vertical donde el maestro enseña y el alumno aprende; nadie educa a nadie ni nadie se educa a sí mismo. Nos educamos en comunión mediatizados por el mundo; es decir, interpelados por él. Por ello hay que hacer frente a sus desafíos, casi siempre colectivos. Nos educamos en el encuentro con los demás.

El encuentro con los pobres es una experiencia que puede transformarse en un aprendizaje siempre y cuando tenga un significado. No es suficiente poner a los alumnos en relación con los pobres, sino de ayudarles a encontrar un sentido a la experiencia que están viviendo. Asimismo, los alumnos han de estar abiertos a aprender de las experiencias que se les proponen.

Educar no es tanto enseñar conceptos y habilidades cuanto que los alumnos vivan experiencias significativas que les configuren su carácter; es decir, su modo de ser y actuar ante la vida. La enseñanza de las materias escolares solo sería un medio para un objetivo mayor: el desarrollo de la personalidad moral.

Cada persona es única y original y, por tanto, percibe la realidad desde las experiencias previas que ha tenido, el contexto cultural en el que vive, su capacidad de relación, las expectativas y necesidades que tiene. Esto quiere decir que, ante una misma experiencia o encuentro, cada uno aprende algo diferente.

Investigando en los testimonios de personas que han tenido experiencias de relación con los pobres se puede hacer un posible listado de aprendizajes útiles para la vida:

  • Conocer la riqueza humana de las personas.
  • Indignarse por comprobar los efectos de la injusticia.
  • Constatar la fragilidad del ser humano.
  • Sentir la alegría de servir a los demás.
  • Implicarse con otros en acciones solidarias.
  • Descubrir testimonios valiosos de entrega.
  • Comprobar la paciencia del ser humano ante sus limitaciones.
  • Vivir contento con pocas cosas.
  • Descubrir el valor de la familia y la comunidad.
  • Compartir el dolor y el gozo.
  • Descubrir la dignidad de las personas.
  • Encontrar a Dios en los pequeños.

Estos aprendizajes vitales tienen la fuerza de dar sentido a la vida generando conductas estables capaces de forjar un carácter moral consistente. Por ejemplo, el que ha sentido la alegría de servir a los demás tenderá a repetir la experiencia muchas veces hasta que se convierta en algo habitual en su vida, habrá adquirido la virtud de la generosidad. El que se identifique con un educador de niños marginados podrá colaborar con él porque le llena interiormente. El sentimiento de indignación ante una injusticia puede provocar el deseo de militar en alguna organización pro derechos humanos.

El programa «Encuentros en las periferias» puede ser un buen instrumento para la formación del carácter moral de los estudiantes. Muchas personas comprometidas con los demás confiesan que en el origen de su vocación hubo experiencias significativas de contacto con la realidad del sufrimiento humano.

Los aprendizajes adquiridos en los encuentros pueden convertirse en virtudes si no se quedan en una anécdota y son el inicio de un compromiso más consistente. Por ello, hay que procurar desde la escuela que los alumnos encuentren lo antes posible espacios donde desarrollar una responsabilidad como voluntario.

En los cursos de los mayores, el programa debe dejar una puerta abierta para que los alumnos vayan integrándose en organizaciones de voluntariado. Si son todavía jóvenes para ciertos compromisos, se podrían organizar sencillas aportaciones a la comunidad con proyectos de aprendizaje-servicio.

Durante el curso 2018-2019 en nuestro colegio de Carora (Venezuela) hemos aplicado este programa en la Secundaria siguiendo los siete momentos de una experiencia de encuentro, inspirándose en el ciclo del aprendizaje experiencial tal como lo planea David Kolb.

El programa “Encuentros en las periferias” puede ser una buena metodología para que los alumnos adquieran humanidad a través del encuentro con la realidad de los pobres. En el libro “Una Escuela en salida”, publicado e PPC aparecen más indicaciones de cómo llevar este programa.

Javier Alonso

Jalonso97@gmail.com

https://es.ppc-editorial.com/libro/una-escuela-en-salida 

 

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