El ministerio de las Escuelas Pías es «muy meritorio, por haber establecido y puesto en práctica, con la plenitud de la caridad en la Iglesia, un remedio eficaz, preventivo y curativo del mal, incitador e iluminador para el bien, destinado a todos los muchachos de cualquier condición que sean -y por tanto a todos los hombres que pasan por primera vez por esta edad- a través de las letras y el espíritu, las buenas costumbres y los buenos modales, la luz de Dios y del mundo». (Memorial al Cardenal Tonti nº 9).
György Sántha, San José de Calasanz. Obra pedagógica, BAC, Madrid, 1984, pp. 471-475
Es evidente que los primeros pasos y movimientos de esta educación se orientaron hacia una actividad de rescate o, en el mejor de los casos, de preservación de la juventud abandonada. En efecto, allí donde las Escuelas Pías abrían sus puertas, éste era su primer objetivo y su primera preocupación: apartar a los niños del poder corruptor del ocio, del ambiente corruptor de la miseria, del pecado y de las malas compañías. Las Escuelas Pías querían iniciar, en estrecha unión con estas orientaciones, la educación de los niños pequeños, para prevenir, en la medida de lo posible, cualquier influencia nociva que el pecado pudiera haber causado en sus almas inocentes. Todos los alumnos del Instituto, antes de convertirse en alumnos ordinarios, hacían su confesión general, para romper completamente con el pasado y comenzar una nueva vida bajo la protección de Cristo y de su gracia.
El Instituto aplicaba el método preventivo no sólo con ocasión del primer contacto con el alumno, sino en todo un sistema de educación moral. A este fin servían el control vigilante y constante, la ejemplaridad atrayente del educador y las prescripciones minuciosas de las reglas, que se extienden a todos los aspectos de la vida del alumno y tratan de eliminar todas las ocasiones fáciles para pecar.
Una vez alejado el niño del ambiente corrupto y protegido de las malas influencias, se da el primer paso positivo hacia su educación moral y religiosa. La tarea principal es conseguir que abandone los malos hábitos del pasado e inculcarle buenos hábitos, insistiendo continuamente en la «buena educación», en los primeros elementos y requisitos básicos de una buena educación humana y civil.
El alumno debe renunciar a la ociosidad, a los juegos peligrosos en las calles y plazas, a la blasfemia, a las imprecaciones, a las ofensas e insultos, a las riñas y mentiras, y acostumbrarse poco a poco al duro trabajo diario, al control de las pasiones, a la modestia, a la dulzura de palabra, al respeto a los superiores y a sí mismo.
Para ello son útiles el ejemplo de los profesores, la conducta educada y disciplinada en las clases y la lectura asidua de libros sobre urbanidad y buenos modales.
Al mismo tiempo que se daban los primeros pasos en la educación moral del alumno, se iniciaba la educación más abiertamente religiosa del mismo. El objetivo inicial era inculcar en las tiernas almas de los niños las primeras nociones elementales de la existencia, de la grandeza de Dios, de su bondad y de su autoridad paternal. Al mismo tiempo, se trataba de despertar en ellos un santo temor de Dios, es decir, una especie de actitud filial, de vigilancia afectuosa; que temieran ofenderle, hacer algo contrario a su santa voluntad.
Este temor de Dios, principio y fundamento de toda vida cristiana sabia y prudente, transformado sin cesar en amor respetuoso, en piedad filial hacia Su divina Majestad, hacia Dios Padre, ha seguido siendo la base principal de la educación religiosa de las Escuelas Pías.