Jordi Vila Font  Sch.P.

En una época en que ser niño equivalía a no ser casi nada, Calasanz situó a los más pequeños en el centro. Hace ya algunos siglos, los pequeños de la calle de Roma fueron los primeros que llamaron la atención de nuestro fundador. Para ellos organizó clases y, cuando finalizaban las tareas, los acompañaba personalmente a su casa. Sin duda, ¡conocía a cada uno por su nombre! como seguramente conocía a sus familias, a qué se dedicaban y en qué condiciones vivían. El espíritu educativo de Calasanz no conocía de horarios ni de paredes: fue un maestro 24 por 7 que trascendió las aulas, consciente de que el niño se educa tanto dentro como fuera de ellas. Como se educa aprendiendo matemáticas, pero también jugando, estudiando ortografía, pero también siendo escuchado.

Sin duda, en su momento supuso una revolución: el niño y el joven, los alumnos, eran el centro de la actividad de la escuela y para él se organizaba todo el sistema educativo de la misma. En aquella época, los currículums no existían. En el modelo propuesto por Calasanz, a partir de sus necesidades, se elaboró el primer currículum educativo, que era abierto. Hay que tener en cuenta que los currículums educativos están generados por el estado con la voluntad de controlar el conocimiento de sus ciudadanos. Formando a los ciudadanos del futuro se hace política. Ese es un problema que, desgraciadamente, todos conocemos muy bien: los currículums propuestos por los estados politizan la educación.

Calasanz tenía un objetivo claro: que sus alumnos, al salir de la escuela, fueran capaces de ganarse la vida dignamente. Al finalizar sus estudios, estaban bien preparados para escribir cartas, con buena caligrafía y buena ortografía, y eran efectivos con las cuentas como buenos conocedores de las matemáticas. Doctos en oratoria, se podían presentar en cualquier sitio ya que hablaban con corrección y argumentaban adecuadamente. La escuela de Calasanz era una escuela de aprendices, una buena escuela. Por eso, los artesanos de los distintos gremios querían contratarlos cuando finalizaban sus estudios. Sin duda, ese fue uno de los aciertos de Calasanz.

La intuición de Calasanz fue centrar la educación en el alumnado. Una intuición que merece la pena seguir hoy en día: deberíamos hablar de aprendizaje -estamos convencidos de la capacidad de los niños y jóvenes para aprender- y evitar hablar de enseñanza.

Y es que, algunas veces, los conceptos dicen mucho de nosotros mismos.

Cuando hablamos de enseñanza, ponemos en el centro de nuestra labor al maestro. Él es quien posee todos los conocimientos, que se ocupará de verter en el alumnado, que se convierte así en un jarrón vacío que hay que llenar.

La educación se basa en una relación vertical -de arriba abajo-, jerárquica y piramidal.

En cambio, hablar de aprendizaje implica situar al niño o al joven en el centro. En las Escuelas Pías deberíamos centrarnos en ayudar a las personas a crecer y llevarlas a la plenitud en todos los ámbitos de su vida. Sería interesante dar competencias al alumnado a través del trabajo cooperativo y, de esa manera, poner en valor los equipos de trabajo a partir de retos de aprendizaje.

El alumno es capaz de aprender por sí mismo, él es quien aprende, y nuestra misión en la escuela es situarlo en el centro. Pero demos un paso más: personalicemos la educación y potenciemos las habilidades y capacidades de cada niño o joven. Educar no es ‘café para todos’: buscamos que cada uno de lo mejor de sí mismo. Trabajar en el aula de esta manera genera una formación crítica. El alumnado se implica, de una manera activa y comprometida, en temas de mejora social, ecología, conciencia política… en definitiva, en la construcción de un mundo más justo.

Desde sus inicios, la escuela de Calasanz tuvo las raíces en la sociedad, para mejorarla. Esa manera de entender la educación y al alumnado nos une a las escuelas pedagógicas de Freire, Milani, Corzo, y tantos otros grandes pedagogos, referentes de una escuela transformadora.

Hoy, como entonces, ese sigue siendo el reto de todos los que formamos las Escuelas Pías: dar respuesta a niños y jóvenes, sea cual sea su realidad tanto dentro como fuera del aula, transformándola y acompañándolos en la transformación de este mundo en uno más justo.