Alberto Cantero

Coordinador Red Itaka Escolapios. Provincia Emaús

Equipo general de la fraternidad

 

Siempre que termina un Capítulo General, toca mirar hacia un horizonte de seis años, e intentar otear por dónde debemos avanzar. Ciertamente tenemos buen equipaje. Gracias a las reflexiones compartidas y asumidas por las Escuelas Pías, nos vamos dotando de un sistema cada vez más completo que nos permite dar respuesta a los retos fruto de los nuevos contextos y situaciones a los que nuestro ministerio se enfrenta, partiendo de nuestra tradición, pero abiertos a todo lo nuevo.

Responder al reto de la fragilidad creciente.

Por diferentes razones, los contextos en los que desarrollamos nuestro ministerio están caracterizados por una fragilidad creciente. Los años de pandemia han agravado más si cabe la situación de las personas más débiles en todo el Mundo. A nuestra sensibilidad escolapia nos duele especialmente el sufrimiento, muchas veces invisible, de tantos niños y niñas, adolescentes y jóvenes que han sufrido doblemente el confinamiento y la distancia en los momentos más cruciales de su desarrollo.

En los países con un desarrollo económico mayor, asistimos, además, a un debilitamiento de las visiones y valores comunitarios, sustituidos por un individualismo cada vez más agresivo. Como consecuencia, la debilidad de las instituciones familiares y comunitarias dejan a la Escuela en la primera línea de contención de una cultura individualista y, en términos del Papa Francisco, del descarte. Los educadores no somos ajenos a estos embates y, además de un bienestar personal mínimo, necesitamos una formación técnica adecuada, así como alimentar nuestro espíritu en procesos que fortalezcan nuestra identidad y clarifiquen nuestro propósito para poder pasar de una actitud defensiva a una dinámica generadora de alternativas.

En países donde la debilidad económica y del propio Estado impide, incluso, reconocer el papel del docente, la fragilidad es todavía mayor. Los valores comunitarios y la organización de la sociedad, todavía significativos en muchos de estos lugares, sin embrago, son un recurso que debemos fortalecer, desarrollar y transmitir. La implicación de nuestras instituciones en el entramado social de su entorno se presenta como una oportunidad que no podemos ignorar.

Desarrollando una pedagogía centrada en el cuidado.

En estos contextos de fragilidad comunitaria y personal, y paradójicamente, de un enfriamiento de los sentimientos compasivos, tenemos el reto y el deber de desarrollar una pedagogía que realmente ponga en el centro a cada persona y vea en las relaciones interpersonales y el diálogo las claves de una educación que busque la con-formación de personas capaces de sentir compasión por el prójimo y cambiar el mundo.

Esta pedagogía, que se ha venido a llamar “de los cuidados” parte de un camino de reconocimiento del papel insustituible que, en el sostenimiento de la familia y la vertebración de la sociedad, incluso, en el ámbito de la educación, han realizado y realizan las mujeres. A partir de esta visión, se coloca en el centro de la acción educativa valores como el cuidado, incluido el cuidado de la Naturaleza, la solidaridad, incluida la solidaridad intergeneracional, la empatía, sobre todo con quien viene de lejos, la autoestima, la afectividad, la comunidad, la participación…

Poner en diálogo nuestra tradición pedagógica, que también pone en el centro al niño y la niña, al adolescente, al joven, en definitiva, a quien más cuidado necesita, con quienes desde otros enfoques buscan una educación humanizadora, es sin duda, uno de los caminos que debemos recorrer para hacer realidad el Pacto Educativo que nos propone Francisco.

Termino este escrito entre noticias de guerra y destrucción en el corazón de Europa. No es la primera vez que el ministerio escolapio se desarrolla en tiempos de guerra. Como siempre nuestra oración y compromiso por la Paz que Dios quiere y desea para todos los seres humanos.