Me piden una reflexión ‘con criterio’ sobre nuestro ministerio escolapio a la luz del reciente Capítulo General. Es curioso que el término ‘criterio’ tiene la misma raíz griega que la palabra ‘crisis’, así que voy a ser muy etimológico y voy a ofrecer una reflexión con crisis, pues el horizonte final de una crisis es conocer más y mejor la verdad. Al menos, intentaré aportar algo de luz.

Los escolapios llevamos unos años repletos de aniversarios, todos ellos en torno al centro y fundamento del carisma: nuestra misión evangelizadora entre los niños por medio de la educación. Y celebrar es recordar. En el mismo Capítulo General hemos significado los 400 años de la carta magna de la educación popular cristiana (Memorial al cardenal Tonti) y del texto constitucional de nuestra Orden.

¿Qué significa hoy celebrar las diferentes plasmaciones de la intuición de san José de Calasanz?

Para algunos, organizar y animar eventos que signifiquen de manera pública lo que deseamos celebrar. Y está muy bien. La dimensión celebrativa de la vida es un aspecto fundamental que denota la buena salud de un grupo o institución. Solo celebra el que agradece, y solo agradece el que toma conciencia del bien recibido.

Pero hay otra manera de celebrar que no se concreta en eventos sino en desarrollar dinamismos de vida o, dicho de otra manera, acoger el espíritu que movió al fundador para actualizarlo en nuestra realidad. No es repetir ni tampoco imitar, sino encarnar las dinámicas profundas que movieron a Calasanz a ser el creador de la primera escuela popular cristiana de Europa. El Concilio Vaticano II lo llamó ‘volver a las fuentes’. Y esto, no es nada fácil. Yo estoy convencido que, ante la grave crisis que atraviesa la escuela católica en varias partes del mundo, si los escolapios somos capaces de asumir estos dinamismos, seremos uno de los artífices de la nueva escuela popular católica.

Me atrevo a dar algunas claves que apuntan a estos dinamismos que deberían ser encarnados:

  1. El valor insustituible de la escuela. Tal cual, como suena y sin anestesia. O renovamos nuestra fe en la institución escolar o seremos cómplices de su disolución. La escuela es mucho más que unas estructuras (que siempre se pueden renovar); más que un grupo de personas (cuyas dinámicas relacionales son más importantes que sus hojas de vida); más que unas instalaciones muy bien dotadas (que en ocasiones enmascaran la realidad); más que una historia o una vitrina de trofeos o una pared llenita de reconocimientos y placas. La escuela es un seno materno que nutre, acompaña, cuida y desarrolla a quien se encuentra en ella. Estamos llamados a recuperar este seno, esta experiencia de maternidad y paternidad. Existen otras plataformas, necesarias y convenientes, pero el ejercicio rutinario de la escuela es un proceso gestante irreemplazable. Así lo vivió Calasanz y así lo confirma el CVII (GE 5).
  2. Para evangelizar. La escuela católica y en concreto la calasancia nació para evangelizar, le cueste a quien le cueste. Calasanz no montó una ONG (Cofradía de su tiempo) ni le movió una causa meramente social (la situación de los niños pobres), a José le mueve Jesucristo. Solo asentar esta verdad en todas nuestras escuelas y plataformas que desarrollan nuestro ministerio es la garantía de fidelidad carismática. Y evangelizar no es solo anunciar o implementar procesos pastorales; hemos de recordar que el primer paso de la obra misionera según el Decreto Ad gentes del Concilio es el testimonio de vida cristiana (término más utilizado en todo el documento junto con evangelización tras la palabra Cristo).
  3. Para los pobres. El ministerio escolapio tiene una finalidad bien clara: los pobres. También los demás (ricos o no), pero sin perder nunca el objetivo principal. De nuevo el CVII recupera esta intuición calasancia y afirma sin ambages que es propio de la escuela católica “atender a las necesidades de los pobres, a los que se ven privados de la ayuda y del afecto de la familia o que no participan del don de la fe.” (GE 9). Mientras busquemos excusas, bellas perífrasis consoladoras y otros pretextos para convencernos que estar con las clases medias-altas es ‘lo nuestro’ difícilmente transitaremos este desafío. Educación social, voluntariado, aprendizaje-servicio… son ciertamente procesos que pueden dar luz y ‘regresarnos’ a la finalidad carismática. Pero ‘no nos olvidemos de los pobres’.
  4. Horizonte claro y buenos compañeros de viaje. Escuchando y contemplando en el Capítulo General la realidad de las Escuelas Pías solo nace un sentimiento: conmoción. El sentirnos ‘movidos’ con otros en una actualización bellísima del carisma escolapio. Mucho que cambiar y transformar, que renovar y depurar, junto a nuevas realidades e impulsos misioneros que entusiasman y ‘despejan’ nuestro horizonte. Los escolapios, religiosos y laicos, lo tenemos claro, y esto es fundamental para que haya renovación. Otra cosa distinta son los compañeros de camino para transitar hacia ese horizonte. En ese transitar, en ocasiones nos dejamos acompañar en nuestro ministerio por realidades que son más propias del mundo empresarial, capitalista-efectista o consumista-tecnocrático, procesos de ‘coaching’, calidad y metodologías muy interesantes cuyas finalidades corrompen sibilinamente nuestro horizonte carismático. Necesitamos detenernos y analizar con valentía y discernimiento quién y cómo nos estamos dejando acompañar en nuestros procesos educativos.

Para que Frodo Bolsón pudiese llevar adelante su gran misión para deshacerse del anillo, necesitó de una comunidad que le acompañara y le preservara del poder seductor del anillo. Y la educación actualmente es un arma valiosísima para muchos intereses.

Ahí quedan esos cuatro dinamismos que pueden ser una ayuda (espero que con criterio), para renovar y actualizar nuestro ministerio escolapio.