En el Congreso de Educación Escolapia que se celebró en abril de 2017, la profesora María Nieves Tapia nos compartió una ponencia que nos da orientaciones para impulsar el Pacto Educativo en nuestras escuelas. Por su actualidad, hemos decidido publicarla en tres partes a las cuatro lenguas oficiales de la Orden.​

María Nieves Tapia. Directora Instituto Clayss. www.clayss.org.ar/index.html

Congreso Internacional de Educación Escolapia COEDUPIA 2017 

2- Una escuela “en salida” es una mejor escuela para el siglo XXI

Como educadores católicos tenemos clara la identidad y misión de nuestras instituciones. Quisiera subrayar que una escuela “en salida” no es solo una buena escuela cristiana, es también una escuela que responde a los desafíos de la educación en este complejo siglo XXI.

No voy a demorarme en diagnósticos que todos conocemos. Sabemos que en todo el mundo la educación formal está de alguna manera atrapada entre lógicas institucionales, edificios, reglamentaciones y currículos que todavía reflejan la lógica enciclopedista de la escuela del Siglo XIX, con padres y docentes que sienten nostalgia por “los buenos viejos tiempos” aunque no lo hayan sido tanto, y una generación “nativa digital” que ya no ve sentido a una educación que se reduzca a la reproducción de información que pueden encontrar más fácil –y a menudo más actualizada y más ágilmente presentada- en Internet. En las palabras del educador catalán Eduard Vallory, “la inercia nos hace reproducir una educación obsoleta[1].

Sabemos que no se trata simplemente de incluir más tecnología en la escuela. La generación del siglo XXI crece en una cultura de lo incierto, de lo cambiante permanentemente, y todos los expertos están coincidiendo en que les resulta imprescindible la capacidad de “aprender a aprender toda la vida”, la capacidad de resolver problemas, trabajar en equipo, comunicarse en contextos diversos y también la de “aprender a vivir juntos” (Delors, 1996).

Mientras que el paradigma educativo del siglo XIX fue concebido en torno a la “Diosa Razón” del iluminismo, el siglo XXI nos habla de cultivar la inteligencia emocional, la empatía, las inteligencias múltiples…

La Iglesia siempre planteó la necesidad de una educación integral, que incluya todas las dimensiones de la vida humana, y después de tres siglos en los que el paradigma dominante se centró casi exclusivamente en la inteligencia lógico matemática y trasmisión del conocimiento disciplinar, la buena noticia es que últimamente hasta los más especialistas más pragmáticos están empezando a reconocer que una educación para el siglo XXI tiene que incorporar no sólo las alfabetizaciones disciplinares, no sólo las competencias del saber hacer, sino también lo que el Foro Económico Mundial ahora llama “el carácter”… algo que está mucho más cerca de lo que nosotros entendemos por una formación personal integral que de los viejos paradigmas enciclopedistas.

Pareciera que hay una creciente convergencia entre el pensamiento y la experiencia educativa de la Iglesia con lo que están planteando hoy los expertos del campo pedagógico a nivel mundial. Y uno de esos campos de convergencia tiene que ver justamente con la necesidad de una escuela “en salida”. Fíjense que la UNESCO en su reciente documento “Educar para la ciudadanía mundial” habla de distintos enfoques o “entornos de aprendizaje” y uno de los que subraya es al que llama “enfoques basados en la comunidad” y los define como

“Entornos de aprendizaje que promueven vínculos con las comunidades, tanto a nivel local como mundial, y que conectan a los alumnos con las experiencias de la vida real”

Me parece que no es casualidad que en este siglo XXI, en el que nuestros estudiantes están tan inmersos en la realidad virtual, tantos estemos buscando acercarlos a la vida real de la comunidad, para que puedan aprender y vivir en la vida real.

Me parece que todo esto lo sintetizó muy hermosamente el Papa Francisco en su dialogo con los educadores en el Congreso mundial de 2015, cuando nos dijo que hay “tres lenguajes” -el de la cabeza, el corazón y el de las manos- y que la educación tiene que moverse articuladamente sobre esos tres caminos.

“Hay tres lenguajes: el lenguaje de la cabeza, el lenguaje del corazón, el lenguaje de las manos. La educación tiene que moverse sobre estos tres caminos. Enseñar a pensar, ayudar a sentir bien y acompañar en el hacer, para que los tres lenguajes estén en armonia; que el niño, el adolescente, piense lo que siente y lo que hace, sienta lo que piensa y lo que hace, y haga lo que piensa y siente.”[2]

Podría afirmarse que la educación del siglo XIX se centró sobre todo en la cabeza, y que la educación pragmática de las competencias pautadas casi exclusivamente por el mundo del trabajo que se nos quiso imponer en el siglo XX tuvo que ver sobre todo con el lenguaje de las manos. Y que el Papa nos está diciendo que unir en armonía los lenguajes de la cabeza, el corazón y las manos es la única manera de practicar una educación realmente integral.

Tal vez para algunos pueda sonar una utopía, pero sabemos que no lo es. Muchas experiencias en escuelas católicas y también en muchas instituciones no católicas hoy muestran que esta integración de cabeza, corazón y manos es posible.

Quisiera compartir sólo uno de muchísimos ejemplos. El Colegio Jaime de Nevares de Bariloche, en la Patagonia argentina, atiende una población muy vulnerable, en un barrio muy precario cerca de la cordillera entre Argentina y Chile. La mayoría de los alumnos han sido expulsados de las escuelas públicas de la ciudad, o tienen grandes dificultades para permanecer en la secundaria. Muchos de ellos son de origen mapuche, y algunos han dejado a sus familias para poder estudiar en la ciudad. Hace unos años, un grupo de 3° de secundaria supo que uno de sus compañeros mapuche no tenía ninguna comunicación con su familia desde hacía varios meses, pese a que su comunidad estaba a poco más de 100 km. de la cuidad. Ni el adolescente ni sus padres tenían dinero para viajar esa distancia, y la familia se encontraba en un paraje sin energía eléctrica, y por lo tanto sin medios de comunicación de ningún tipo. Al enterarse de esta situación, los estudiantes le preguntaron a su profesor de Tecnología si no había nada que ellos pudieran hacer para que la comunidad mapuche tuviera energía eléctrica. El docente tomó la pregunta como disparador de un proyecto de aprendizaje-servicio centrado en indagar diversas formas de energía sustentable, y que concluyó en la construcción e instalación de un molino eólico en la comunidad mapuche. Se contactaron con ingenieros del Centro Atómico Bariloche que los asesoraron, buscaron recursos en la comunidad para los materiales, discutieron entre varones y mujeres si las chicas también podían usar el soldador y eso llevó a una valiosa lección sobre la dignidad y capacidades de las mujeres en un contexto fuertemente machista… y a que las chicas también aprendieran a soldar. Y finalmente reunieron los fondos necesarios para construir el molino, ir a la comunidad de su compañero e instalarlo, para sorpresa y alegría de las familias del paraje, que ahora cuentan con energía para mejorar su calidad de vida y ampliar sus posibilidades de desarrollo. 

A través de este proyecto de aprendizaje-servicio, los estudiantes desarrollaron simultáneamente conocimientos científicos, capacidad de investigación, competencias vinculadas al hacer y emprender, a la comunicación, y al mismo tiempo desarrollaron una valiosa formación para la ciudadanía activa y solidaria. No sólo contribuyeron a resolver efectivamente un problema comunitario,  sino que el proyecto también los motivó a permanecer en la escuela, a valorar el rol del conocimiento, a reencontrarse con su identidad originaria. No fue casual que esos alumnos que habían sido expulsados de otras escuelas lograran terminar su secundaria en ese colegio.

Es sólo uno de muchos casos en que los proyectos de aprendizaje y servicio solidario contribuyen simultáneamente a alcanzar la excelencia académica y a facilitar la inclusión social de estudiantes que en otros modelos educativos son marginados o expulsados, y en definitiva a generar una educación realmente integral y de excelencia.

Ustedes saben mejor que yo que si hay algo que caracteriza al carisma al Carisma de San José de Calasanz es justamente la Educación Integral. Al mismo tiempo, me parece que en la búsqueda de encarnar ese ideal estamos siempre teniendo que encontrar nuevas didácticas, nuevas estrategias para hacer que nuestros proyectos educativos sean realmente y auténticamente integrales en el tiempo y lugar que nos toca.

En ese proceso, creo que la gran pregunta que hoy podríamos hacernos como escuelas católicas es cómo hacemos para estar “en salida” y superar esa suerte de vidas paralelas que a veces se dan en la educación tradicional, donde por un lado está el aprendizaje y por otro, sin ninguna conexión, las actividades solidarias. En la clase hacemos la germinación y fuera de clase -en horario extra-escolar,  extra-curricular- podemos hacer la campaña solidaria. Recolectamos, repartimos, y nada de eso tiene que ver con lo que aprendimos en las aulas. Por un lado están las áreas curriculares y por el otro están la catequesis y la pastoral, que como en la definición geométrica de las paralelas son “líneas que nunca se tocan”. No sé si pasa en sus escuelas, pero cuando yo era profesora en una escuela católica de Buenos Aires, me enteraba que mis alumnos se iban de campamento misionero solo porque faltaban a la prueba de historia… Tal vez desde mi clase hubiera podido ayudarlos a comprender las tradiciones y raíces de las poblaciones rurales a las que iban a visitar, a reflexionar sobre las diferencias culturales entre su ciudad y la provincia que visitarían, pero a nadie se le ocurría, porque lo que pasaba en la pastoral “no tenía nada que ver con las materias”.

Cuando se generan estas vidas paralelas, casi inevitablemente se producen tensiones entre los requerimientos académicos y las expectativas pastorales. Y a veces parece que las actividades de la pastoral son sólo para los que “nacieron buenos” y tienen ganas de venir al grupo juvenil o de anotarse para el grupo misionero, mientras que en cambio los contenidos curriculares disciplinares son para todos y van con nota, y son por lo tanto leídos por la mayoría como lo único que realmente importa.

Creo que uno de los grandes aportes que la pedagogía del aprendizaje-servicio ofrece a la escuela católica es justamente la posibilidad de articular la vida académica y la vida pastoral, superar las fragmentaciones institucionales para generar proyectos integrales e integradores.

Para usar la muy conocida expresión del documento Delors de la UNESCO, los proyectos de aprendizaje-servicio nos permiten articular en un solo proyecto el “aprender a aprender” con el “aprender a hacer, a ser y a vivir juntos”, ayudando a nuestros estudiantes a aprender a servir a sus hermanos con todas sus potencialidades.


[1] http://ar.tiching.com/link/739626

[2] http://w2.vatican.va/content/francesco/it/speeches/2015/november/documents/papa-francesco_20151121_congresso-educazione-cattolica.html