Publicamos un artículo que escribe Monseñor Zani, Secretario de la Congregación para la Educación Católica del Vaticano donde describe con claridad y profundidad el sentido y alcance del Pacto Educativo Global impulsado por el Papa Francisco. A lo largo de su exposición va recogiendo fragmentos significativos del magisterio del Papa.

Es un texto interesante para trabajar con educadores comprometidos en un cambio educativo.

 

La educación, según el papa Francisco, debe ser vista y analizada en el marco más amplio de la complejidad contemporánea, estimulando la reflexión sobre el contexto actual, caracterizado por una profunda crisis antropológica y sociocultural, a la que ahora se añade la sanitaria, en la que constatamos cada día más «síntomas de un punto de quiebre, a causa de la gran velocidad de los cambios y de la degradación, que se manifiestan tanto en catástrofes naturales regionales como en crisis sociales o incluso financieras» (Laudato si’ 61). A través del pacto educativo global, estamos llamados a efectuar un cambio radical de paradigma, de hecho, el Santo Padre a menudo repite: «Una valiente revolución cultural» (Laudato si’ 114).

Lanzando el evento del pacto educativo global, en su mensaje del doce de septiembre de 2019, el papa Francisco escribe: «Vivimos un cambio de época: una metamorfosis no solo cultural sino también antropológica que genera nuevos lenguajes y descarta, sin discernimiento, los paradigmas que la historia nos ha dado». Ante esta continua transformación, atravesada por múltiples crisis, se hace la invitación a dialogar sobre el modo en el que estamos construyendo el futuro del planeta y sobre todo a renovar la pasión por la educación, dirigida en particular a las jóvenes generaciones, para formar protagonistas de una «humanidad más fraterna».

De estas fuertes y precisas afirmaciones se comprende claramente que la propuesta del Papa, por una parte, se inscribe en la línea trazada por el magisterio del papa Benedicto XVI, el cual a menudo se refería a la necesidad de tomar conciencia de la emergencia educativa, y, por otra, se propone ofrecer una respuesta compartida con todos sobre una emergencia que hoy día se ha vuelto aún más compleja y aguda, debido a los desafíos que desintegran el tejido sociocultural y que hace que sea urgente la construcción de un mundo basado en mejores relaciones.

Por tanto, la educación está llamada a considerar a la persona en su integridad de alma y cuerpo, naturaleza y sobrenaturalidad, conocimiento y acción, libertad y gracia. En este marco, es evidente que el proceso educativo tiene un carácter no solo formativo, sino también humanizado y socializador, finalizado a hacer que el ser humano se descubra a sí mismo como persona en relación.

De aquí la urgencia de valorizar la tarea de la educación, invirtiendo las mejores energías para elaborar propuestas y soluciones concretas. Esto es precisamente lo que el papa Francisco entendía con el lanzamiento del pacto educativo como la clave para responder a los retos sin precedentes y a los complejos problemas de nuestro tiempo. De hecho, algunos analistas sociales afirman que está creciendo la incertidumbre global, producida por diversos factores perturbadores.

Junto con el cambio climático, citan el fenómeno de la digitalización y la inteligencia artificial, que están transformando todos los sectores productivos, las «cadenas de valor» y una gran parte de los hábitos de la vida diaria (cf. Mario Deaglio, Il tempo delle incertezze. 24° rapporto sull’economia globale e l’Italia, Fondazione Einaudi-Guarini Associati, Milán 2020).

Para responder a estos cambios, es necesario, como afirma el Papa, «encontrar la convergencia global para una educación que sea portadora de una alianza entre todos los componentes de la persona: entre el estudio y la vida; entre las generaciones; entre los docentes, los estudiantes, las familias y la sociedad civil con sus expresiones intelectuales, científicas, artísticas, deportivas, políticas, económicas y solidarias» (Mensaje para el lanzamiento del pacto educativo).

Y es que la educación se hace eficaz, a nivel personal y social, si existe un pacto, una alianza entre todos los implicados que la asumen como un instrumento global para hacer crecer una nueva humanidad. Tal es, en definitiva, el objetivo de la iniciativa lanzada por el Papa, que se caracteriza por una dimensión ecuménica, interreligiosa e intercultural, proyectándola hacia la fraternidad universal. Tal es, en efecto, el objetivo de la iniciativa lanzada por el Papa, que se caracteriza por una dimensión ecuménica, interreligiosa e intercultural, proyectándola hacia la fraternidad universal.

Recordando en su mensaje el documento firmado en Abu Dabi sobre la «fraternidad universal», el cuatro de febrero de 2019, el Papa insiste en que, con el pacto, nos adentramos activa y dinámicamente en la realidad concreta del momento que la humanidad está viviendo en este tiempo dramático, para sembrar las semillas de la comunión y la esperanza. Es necesario, dice Bergoglio (refiriéndose al lema de san Ignacio de Loyola: «Ite, inflammate omnes»): «Id, inflamad todas las cosas», es decir, crear por todas partes relaciones que aporten luz y calor a las relaciones entre personas, culturas y pueblos.

En el año en el que conmemoramos el setenta y cinco aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial y el setenta aniversario de la Declaración Schuman del nueve de mayo de 1950, recordada también por el Papa, que inspiró el proceso de integración europea, permitiendo la reconciliación de los pueblos del continente para hacer la guerra no solo impensable sino también materialmente imposible, el pacto educativo global se presenta como una intuición de amplitud extraordinaria que, a partir del ámbito educativo, puede desencadenar una potencialidad de proyectos y perspectivas concretas, capaces de orientar positivamente el cambio de época en curso, creando sinergias y redes de cooperación en todos los niveles de la vida social.

Así, en esta línea, se mueven las orientaciones del papa Francisco en su mensaje donde, dentro de una perspectiva de medio-largo plazo, indica los rasgos esenciales que trazan un proyecto de amplio horizonte: «Colaborar en el cuidado de nuestra casa común… construyendo el futuro del planeta», e invirtiendo los talentos de todos. Para alcanzar tal objetivo (escribe el Papa), es necesario un camino educativo que sepa «superar fragmentaciones y contraposiciones y reconstruir el tejido de las relaciones por una humanidad más fraterna».

El evento, previsto para el mes de mayo pero que se aplazó con su primera etapa telemática al quince de octubre de 2020, tiene como finalidad «reavivar el compromiso por y con las jóvenes generaciones, renovando la pasión por una educación más abierta e incluyente, capaz de la escucha paciente, del diálogo constructivo y de la mutua comprensión».

La propuesta del papa Francisco se basa en la convicción de que la educación es indispensable para impedir la desintegración de la identidad de la persona, la cual, para crecer y madurar, necesita tener una «aldea», es decir, poder contar con una comunidad de personas, de varios sujetos e instituciones a las cuales referirse. En la experiencia común que se vive en una comunidad se deben tener modelos y puntos de referencia para borrar las discriminaciones que contaminan las relaciones e introducir relaciones que se basen en la confianza y fraternidad, en un camino de maduración que debe respetar al menos tres objetivos: poner al centro a la persona que se va a formar, según una sana visión antropológica; invertir con calidad profesional, implementando una planificación a largo plazo; formar personas que estén dispuestas a ponerse al servicio de la comunidad según el espíritu del Evangelio. De esta manera será posible que «se componga un nuevo humanismo» inspirado en el mensaje cristiano, pero dirigido a renovar toda la sociedad.

Activando compartir a través de las relaciones comunitarias, se desarrolla aquella «capacidad de reaccionar a los traumas y a las dificultades, recuperando el equilibrio psicológico a través de la movilización de los recursos internos y la reorganización en clave positiva de la estructura de la personalidad» (www.e-sm.net/203134_001), individual y colectiva. Esta actitud hacia la resiliencia (como afirma el etólogo Boris Cyrulnik) no es algo que encontramos solo dentro de nosotros o solo en nuestro ambiente, sino más bien algo que encontramos «en medio de ellos», porque nuestro desarrollo individual está siempre relacionado con el desarrollo social (cf. Boris Cyrulnik, Resilience: How your inner strength can set you free from the past, Penguin, Londres 2009). Por esta razón, en el pacto educativo global, es central la intención de recomponer las diversas fracturas entre generaciones, entre culturas y orígenes diferentes, entre el ser humano y la naturaleza.

Lo que es cierto es que este proyecto hoy día tiene que hacer frente a la actual emergencia sanitaria. La propagación de la pandemia de la COVID-19 por todo el mundo fue como un brote repentino e inesperado de algo ha causado una serie de problemas y reacciones a nivel social, económico, político y cultural. Así pues, hay muchas similitudes entre los desafíos y las reacciones a la pandemia y los que se producen ante cualquier fenómeno que se perciba como socialmente incontrolable y al menos potencialmente amenazador, como la migración, las relaciones con la diversidad o las minorías étnicas y religiosas, pero también el cambio climático u otras cuestiones ambientales. Ante el fenómeno que ha surgido y sus múltiples efectos sobre las personas, las instituciones y todos los proyectos que se han elaborado desde hace tiempo, es necesario entrar valientemente en la realidad, hacer referencia al patrimonio y a los valores culturales que tenemos para tener la capacidad de reconocer en esta situación una oportunidad y, así, afrontar el nuevo contexto con responsabilidad y trabajando juntos.

De hecho, el virus que ha atacado individualmente a los miembros de la especie humana e inducido a todos a practicar elecciones de aislamiento y limitación de las relaciones interpersonales, se ha manifestado como un enemigo común que ha «infectado» también los vínculos y las relaciones que unen las vidas de los seres humanos y los contextos de sus acciones.

El pacto educativo global, en esta perspectiva, asume una connotación aún más urgente. Lo que está sucediendo en el sector de la salud, sobre la necesidad de compartir el conocimiento y la investigación científica para dotarse de instrumentos de cooperación y governance internacional, con el fin de apoyar a los países más afectados y más débiles con un espíritu de solidaridad para superar la pandemia, debe en todo caso implicar también el plan educativo, académico y cultural a través de una alianza global, que ayude a penetrar el actual cambio de la época como protagonistas de un proyecto que aspire al bien común para una nueva humanidad.

El camino que se había trazado para preparar el acontecimiento mundial en el pacto educativo debe ser ahora remodelado para recoger todo el trabajo ya realizado y orientarlo en una nueva programación que estará marcada por varias etapas de progreso hasta el evento que próximamente se fijará. En un cierto sentido, podemos dedicar un tiempo más apropiado y útil para profundizar los contenidos del pacto educativo, reorientado en relación con la pandemia y sus consecuencias, y sobre todo para iniciar experiencias concretas, iniciativas de diversa índole que podrán desembocar y ser compartidas en la aldea de la educación que se había proyectada para mayo de 2020. De hecho, su objetivo era mostrar la realidad creativa y en efervescencia de la educación en el mundo, con el fin de desarrollar relaciones inclusivas, generar un renovado humanismo y formar al ciudadano del mundo.

El aplazamiento del evento previsto para mayo de 2020 permite situar el pacto educativo en un horizonte más amplio y dar a la propuesta del Papa un alcance aún más significativo. Si el pacto ha de ser global y la educación debe repensarse de acuerdo con nuevos paradigmas y perspectivas coherentes, es decir, capaces de interceptar todos los niveles de la educación, es esencial dotarse no solo de un sano marco antropológico, sino también de valerse de una visión correcta y no distorsionada del mundo y de sus dinámicas; esto para permitir que la educación sea un instrumento eficaz para la formación de las generaciones futuras y de más ciudadanos maduros.

Mirar el mundo actual nos obliga a pasar de una situación de cosmopolitismo «forzado», como solía decir Ulrich Beck, es decir, sentirnos parte de una única realidad humana, no por elección, sino por un destino dramático (debido a la contaminación, la especulación financiera, el terrorismo, la violencia y otras realidades negativas) a la comprensión de que necesitamos un proyecto sociocultural y natural coherente.

El Concilio Vaticano II, en Gaudium et spes, ha definido el mundo como «spatium verae fraternitatis». Hoy, con la Laudato si’ del papa Francisco, el proyecto que se propone y que puede funcionar es el que tiene en su centro no solo la dimensión de la fraternidad universal, sino también la de la «fraternidad creatural» (un concepto muy moderno que ya encontramos en Francisco de Asís), que envuelve a toda la creación y a toda la naturaleza (cf. P. Ferrara, «Per una governance mondiale sostenible», en G. Meazzini, Governance, Dossier, Città Nuova, Roma 2020). Asumir una perspectiva planetaria inclusiva es la única forma practicable para una globalización de la esperanza.

Por tanto, las relaciones con la familia, con las personas con diferentes visiones socioculturales y religiosas, con las que se encuentran en dificultades económicas, sociales y morales, deben ser reconstruidas y consolidadas. La educación logra su propósito si las personas son capaces de caminar juntas por los caminos del encuentro, el diálogo y la comprensión. Al compartir, respetar y acoger a los demás, la humanidad se ocupará no solo de sus hijos, sino también del ambiente que la rodea y de cuya maravilla se alimenta.

Por ello, es necesario salir de uno mismo para llegar a las diversas «periferias» donde los desfavorecidos necesitan que se les ayude a crecer humanamente en inteligencia, valores y hábitos positivos para convertirse en protagonistas de la propia vida y, a su vez, llevar a los demás experiencias que no conocen.

Se trata, por tanto, de una educación «en salida» y siempre abierta, en la que, inspirándose en las obras de misericordia (Cesare Bissoli y Carlo Nanni, Misericordiosi Educando. Sussidio per la riflessione e l’azione, Librería Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 2016), se lleva la luz de la esperanza cristiana no solo a los lugares de violencia, pobreza, injusticia y degradación del medio ambiente, sino también a las situaciones marcadas por la angustia existencial y moral.

Resulta claro, finalmente, que el hilo rojo en materia de educación ha unido el magisterio petrino de los últimos años. Una continuidad que muestra cómo la interpretación de la sociedad contemporánea a la luz del Evangelio se encarna en la realidad y no se queda aislada en un «hiperuranio», no solo narcotizante sino también distante de las necesidades reales de una humanidad en camino (cf. Marko Ivan Rupnik, Prediche di Quaresima dal titolo «Mettere la scure alla radice»). La realidad (como el papa Francisco ha subrayado repetidamente en la Evangelii gaudium) es superior a la idea; al igual que el tiempo es superior al espacio.