Finalidad de nuestra acción por la que pretendemos que los niños y jóvenes descubran que viven en sociedad, más allá de su realidad individual, y se comprometan en la construcción de un mundo más justo y fraterno a la luz del Evangelio.

Los siglos XVI y XVII fueron años cruciales en la historia de la humanidad. Junto al proyecto de una sociedad nueva en la América recién conquistada, la guerra dejaba la cristiandad europea enfrentada en diversos credos religiosos. El deseo de construir un mundo nuevo que los humanistas habían plasmado en sus libros parecía sólo un espejismo pues la sociedad seguía tan inmóvil y clasista como siempre lo había sido. 

Calasanz entabló una cercana relación con un gran humanista: Tomás Campanella, autor de “La ciudad del sol” (1602) en la que había subrayado la igualdad de todos los seres humanos, la importancia del conocimiento, por su capacidad de mejorar el comportamiento ético, como también la defensa del cristianismo por su carácter racional, es decir, por su coherencia con la naturaleza humana. Casi 30 años después redactó una defensa a favor de las Escuelas Pías argumentado el legítimo derecho de los pobres a una buena educación frente a los detractores que veían como un peligro que fueran educados en las mismas condiciones que los ricos. 

José de Calasanz fundó las Escuelas Pías para que los pobres porque para ellos se fundó nuestro Instituto. Y lo que se hace por ellos se hace por Cristo, y no se dice otro tanto de los ricos (EP. 2812). En otoño de 1597 tomó la crucial decisión de que la escuelita de Santa Dorotea fuera completamente gratuita, precisamente para favorecer el acceso de todos a la educación. 

La defensa de los derechos de los pobres a la enseñanza es una constante del pensamiento y la práctica de Calasanz, tal como ya aparece en un memorial de 1626: Es propio del Instituto de las Escuelas Pías enseñar a los muchachos y particularmente a los pobres, muchos de los cuales por la pobreza o descuido de los padres no van a la escuela, ni aprenden oficio o ejercicio alguno, sino que van perdidos y ociosos y así con facilidad se entregan a diversos juegos, particularmente al de las cartas, y es preciso que, cuando no tienen dinero para jugar, roben en su propia casa primero, y después donde pueden, o bien, encuentran dinero de otras pésimas maneras.

Y más incisivamente el P. Francisco Castelli, en su “Apología de las Escuelas Pías” dirigida a la Comisión Diputada defiende con vehemencia el derecho de los pobres a la educación: “Las Escuelas Pías, se dice, son nocivas a la sociedad por ser contrarias a la buena política…pues con tanta facilidad de estudiar se da ocasión a todo pobre de aspirar a un estado superior, abandonar las artes y oficios… Pero, si la buena educación es cosa buena, ¿por qué han de quedar excluidos de ella tantos pobres beneméritos? ¿Acaso los pobres no son aquellos mismos que sustentan al mundo con sus fatigas? ¿Y quiénes han sido los inventores y perfeccionadores de las artes? ¿No es cierto que los mayores negocios y los más difíciles son pensamientos de hombres pobres, que para conseguir algo deben estar vigilantes mientras los ricos duermen, y cuando está ya todo hecho aparecen en escena para autorizar y garantizar los negociados de los mismos pobres? ¿Y qué seríais vosotros quizá, los que estáis leyendo esto, si hubieran tenido vuestras ideas los ricos en tiempo de los últimos pobres de vuestra prosapia? 

Con el tiempo y atraídos por la buena calidad educativa de las Escuelas Pías, fueron ingresando niños de familias más ricas que podían pagar. Sin embargo, Calasanz siempre insistió en la gratuidad absoluta, tanto para pobres como para ricos.  el buen morir, la paz y el sosiego de los pueblos, el buen gobierno de las ciudades y de los príncipes, la obediencia y la fidelidad de los súbditos, la propagación de la fe, la conservación y la preservación de las herejías, la reforma de toda la Cristiandad empleando hombres de vida apostólica (Tonti nº 26).

Para llevar adelante esta finalidad, Calasanz diseñó un currículum y una organización escolar que preparaba a los alumnos, no solo para conseguir un empleo digno, sino para contribuir a construir una sociedad más justa y solidaria.

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